Guillermo llevaba oyendo voces durante unos minutos. Se encontraba en clase de Historia. Giró la cabeza hacia Ricardo.
—Ricardo, ¿lo oyes?
(Ricardo): Habla sobre Leonardo…
—No me refiero al profe, ¡es sobre las
voces exteriores!
(Ricardo): ¡Pues no oigo nada más que a
Roberto!
—¡Ah, vale!… Sí, sí…, ¡el Renacimiento “è
molto interessante”!
Volví a oír el eco de una voz lejana. Y comenzó a
intrigarme. No quise importunar otra vez a Ricardo.
Nadie en el aula parecía percatarse, y el profe,
Roberto, tan inspirado, seguía con su academicismo.
Traté de concentrarme atendiendo a lo que se decía en
clase.
(Roberto): “Fíjense ustedes en la cara
triste y melancólica de Ginevra. ¿Qué les sugiere?”.
De nuevo se repiten las mismas voces entrando en mi
mente como una letanía: “¡Encuentra mis restos, encuentra mis restos!… ¡Y
descubrirás lo que sucedió!”.
Empezaba a acojonarme, porque nadie parecía oírlo. Solo
yo. Tenía pavor, pero la intriga hacía que intentase descubrir su origen. Me
orinaba de miedo. Y con esa distopía, pedí permiso, me disculpé y salí del
aula, aprovechando para ir al baño y así tratar de averiguarlo. De ese modo, me
tranquilizaría al dar con una explicación más sencilla y plausible, escudándome
en la “navaja de Ockham” (o al menos eso creía).
Entré en el baño. Había unas gotas de sangre en el
suelo y, en la pared, escrito: “¡Busca mis restos!”; y más adelante: “¡Virtutem
forma decorat!”. Mis vellos se erizaron. De repente, la luz empezó a titilar.
Me oriné en los pantalones y corrí pitando escaleras abajo. Cuando salí a la
calle, con la patera mojada, lo tenía claro: no quise volver. Al pasar próximo
al patio, apareció una imagen encuadrada en la falsa puerta tapiada cerca del
rincón.
Aterrorizado y avergonzado, me fui a casa.
Me lavé lo más pronto que pude, cogí el móvil y de
inmediato escribí en Google el latinajo. La intriga se apoderaba de mí. Seguí
con las averiguaciones. ¡No me lo puedo creer! ¿¡Leonardo, Bernardo y Ginevra!?
¿Qué tienen en común y qué pintan aquí? ¿Y qué tengo yo que ver? ¡Uhmmm!
2.ª PARTE
A Leonardo da Vinci (el mismo que por casualidad nos
transmitía en clase Roberto) le encargó un retrato un tal Bernardo Bembo
(famoso diplomático veneciano destinado a Florencia), y allí conoció a la joven
florentina Ginevra, de 16 años, aristócrata, muy bella e inteligente. Se
enamoró perdidamente de ella. Pero el padre de Ginevra la mandó casarse con un
rico comerciante, viudo, Luigi, 20 años mayor que ella. Y al cual no amaba.
Tenía una vida que no deseaba. Y de ahí el rictus del famoso cuadro. Al parecer,
el elegante Bernardo, con sus refinados modales, consiguió también enamorarla.
Diana y Cupido actuaron a la vez.
La familia de Benci era muy conservadora. El honor y la
virtud eran su emblema. Un verdadero conflicto “inter-rol”: por una parte, el
honor y el virtuosismo, que no permitían admitir un amante; pero, por otra, si
seguía de modo disimulado, podría entenderse como un amor platónico, típico de
la aristocracia de aquella época, no levantando sospechas. Al fin y al cabo, le
amaba. En principio fue así, pero tal fue el “acercamiento” que quedó
embarazada.
Casada, embarazada y atrapada por su venerable “honor y
virtud”.
No había otra solución que huir juntos. Pero ¿dónde?
Como Bernardo había estado años atrás de embajador con Enrique IV en España,
decidieron ir a Castilla, buscando retomar el cargo. ¿Y ella, con quién y de
qué? Con Isabel la Católica, de dama de la corte. A la muerte de su hermano
Enrique IV, Isabel se proclamaría reina y necesitaba ampliar las damas de
compañía. Imaginemos Segovia engalanada por el evento. Ginevra, embarazada,
paseando por las calles atestadas de gente, cuando de repente vio a su amado en
brazos de otra dama. No le dijo nada, pero preguntó a otros quién era ella; le
dijeron que era su esposa y que tenía dos hijos. Se vino abajo.
3.ª PARTE
¡Vaya cuadro! De repente, todas sus fantasías se
derrumbaron. Salió corriendo sin saber adónde. Casi la arrolla un carruaje; se
paró y un elegante caballero bajó a socorrerla. Se llamaba Alonso Zúñiga. La
conocía por las fiestas en la corte. Ella, llorando, le explicó lo sucedido. Él
se compadeció tanto que se ofreció a llevarla a su palacio. A Béjar. Don Alonso
acabó enamorándose de ella. Y Ginevra de él. Jamás quiso volver a saber de
Bernardo, que fue expulsado de su cargo y del país.
Por alguna razón, años más tarde, alguien vino a
escena: un hombre de aspecto encorvado apareció en Béjar. No fue difícil
encontrarla. Era Luigi. Discutieron y, por celos, la acuchilló y la llevó
oculta hasta un monte alejado, en el mismo lugar donde hoy se encuentra un
patio, en el Centro de Enseñanza para Adultos (CEPA). A él le ajusticiaron.
Pero ¿qué fue de su hijo? Siguió viviendo en la villa. Es el de la misteriosa
voz. El que, por alguna razón desconocida, consiguió transmitir con su voz, y
con ella, la verdadera y trágica historia. Pero nunca pudo saber dónde enterró
el celoso Luigi a Ginevra. Me dio pistas para buscar y encontrar los restos de
su madre, junto a una nota metida en un cofre, con una frase, y un mapa donde,
con unas palabras en dialecto toscano y un dibujo, se descifraba el lugar donde
se encontraba el valioso cuadro que durante tantos años había estado perdido.
Enterramos los restos religiosamente, haciendo por fin justicia. Luego leí la
nota, que decía: “Jamás le quise, pero la honra de mi familia me impidió
negarme, y por eso me casé”.
Y añadía: “Si has encontrado esta nota y haces
verdadera justicia enterrando en paz mis huesos, serás merecedor de poseer lo
que muestra este mapa”. Indicaba una zona muy alejada llamada “Los Canchales de
la Muela”.
DESENLACE FINAL
Excavé y por fin lo encontré. Era el famoso cuadro de
Leonardo da Vinci, el mismo que mencionaba Roberto, y que en su reverso tenía
la dedicatoria de Bernardo Bembo a su amada Ginevra de Benci: “Virtutem forma
decorat”, con su emblema: una palma, un laurel y el ginepro (pero esto da para
otra historia). Lo entregué a Patrimonio y fue adquirido posteriormente por la
National Gallery de Nueva York por una sustanciosa cifra, de la que algo cayó
en mi bolsillo.
Por esta razón, hoy se conoce el venerado cuadro.
¿Y las lastimeras voces de su querido hijo? No las
volví a oír jamás. ¡A Dios gracias!
Ahí, en el patio, pusieron la inscripción recordando el
acontecimiento. Desconozco si aún se conserva. Estoy seguro de que el lector lo
verificará.
Roberto

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