Pensé en escribir que un día llegué quizás demasiado pronto a clase, no encontré a nadie por pasillos y escaleras, en cambio en el aula había una chica joven, de unos dieciocho años, sentada en la parte de atrás, se llamaba Fátima y tenía acento marroquí. Después de intercambiar un poco de información me disculpé y subí a mear antes de que llegara la profesora. Mientras orinaba me quedé a oscuras y maldije a los putos sensores que activan la luz. Cuando bajé ya habían llegado algunas más de mis compañeras, pero Fátima no estaba.
—¡Hola! ¿Y la chica nueva?
—Se ha ido la luz un momento y cuando ha
vuelto ya no estaba.
—Qué raro, ¿no?
—Se habrá asustado.
—Me dijo que se llamaba Fátima.
—En la lista no hay ninguna Fátima.
—Me contó que había estudiado español aquí
y ahora quería perfeccionar su escritura.
—El otro día me picó la curiosidad, miré en
el archivo y encontré la ficha de una tal Fátima Harivi que estudió español
aquí.
—¿Ficha con foto?
—Sí. Aquí la tienes.
—¡Es ella! ¡Seguro! La recuerdo
perfectamente.
—Creo que la confundes.
—¡No! ¡No! ¡Es ella, fijo!
—Mira la fecha.
—Dos mil trece… ¡No puede ser! Es igualita,
tiene una cara que no se olvida, que no se olvida, que no…

Comentarios
Publicar un comentario