La noche de Halloween en el CEPA Mateo Hernández

 Era la noche de Halloween. Las calles estaban vacías, el viento soplaba con fuerza y una niebla espesa cubría la ciudad.

En el CEPA Mateo Hernández, un antiguo centro educativo de adultos, todo parecía tranquilo. Sin embargo, detrás de sus puertas se escondía un misterio aterrador que llevaba 40 años esperando a ser descubierto.

Florentina, una mujer curiosa y temeraria, llevaba semanas investigando unas extrañas historias relacionadas con el centro.

Según los rumores que llegaban a sus oídos, hacía cuarenta años habían desaparecido varios alumnos sin dejar rastro. Nadie sabía qué había ocurrido con ellos, algunos decían que se habían marchado a otra ciudad, otros aseguraban que algo terrible les había sucedido entre aquellos muros.

Florentina no creía en las leyendas, pero había encontrado documentos antiguos que mencionaban nombres de alumnos desaparecidos y advertencias sobre los sótanos del edificio. Lo más inquietante era una frase escrita a mano en una de las páginas: “Cuando llegue la noche de Halloween, los muertos reclamarán lo que les pertenece”.

Aquella noche decidió colarse en el centro para descubrir la verdad.

Eran las 23:30 cuando abrió la puerta principal. El sonido de las bisagras resonó en aquella ¡terrible oscuridad! Encendió la linterna de su móvil y comenzó a recorrer los pasillos, las paredes estaban llenas de manchas de humedad. A ella le parecían formas fantasmagóricas, que a veces aparecían en sus sueños, el suelo parecía quejarse bajo sus pies.

De repente, escuchó tres golpes procedentes del piso superior. “¿Hay alguien?”, preguntó Florentina, pero nadie respondió.

Continuó avanzando hasta llegar al pasillo más antiguo; allí sintió un frío intenso, como si alguien hubiera abierto una ventana en pleno invierno. Percibió un olor nauseabundo, una mezcla de humedad, basura podrida y algo parecido a carne en descomposición.

Se tapó la nariz y siguió caminando; el olor aparecía y desaparecía sin explicación. A veces era ¡tan fuerte! que le costaba respirar. Cuando desaparecía, dejaba tras de sí un silencio inquietante.

Al llegar al fondo del pasillo, descubrió una puerta metálica que nunca había visto antes. Estaba cubierta de polvo y tenía una inscripción casi borrada: “¡Prohibido el paso!”.

Florentina sintió miedo, pero su curiosidad pudo más. Empujó la puerta y descendió por unas escaleras estrechas que conducían a los sótanos.

Allí encontró montones de basuras, tuberías rotas y charcos de agua oscura. Pudo comprender que parte de los olores procedían de esa ¡gran contaminación! Pero eso no la tranquilizó, pues seguía sin entender de dónde provenían los ruidos que llegaban hasta allí.

De pronto, algo golpeó una tubería. Se volvió rápidamente y pudo distinguir una sombra. Corrió precipitadamente hacia ella, encontrándose con una puerta abierta; parecía que la habitación la invitaba a entrar. Era un antiguo almacén lleno de cajas, con libros y fotografías amarillentas por el tiempo. Una de ellas llamó rápido su atención: en ella se podía ver a los cuatro alumnos desaparecidos hacía 40 años. Todos estaban delante del centro. En la parte de atrás alguien había escrito aquella fecha: “La noche de Halloween de hacía cuatro décadas”.

Avanzó lentamente por aquel lugar tenebroso. Lo que vio la dejó paralizada. El techo estaba cubierto de pequeños nidos oscuros; de ellos colgaban cientos de murciélagos, algunos se movían lentamente.

En el centro de la habitación había varias calaveras colocadas sobre una mesa de piedra. Florentina parpadeó y, por un instante, todas desaparecieron. Se acercó temblando y, cuando volvió a mirar, allí seguían las calaveras, esta vez colocadas en círculo alrededor de una vieja silla. Creyó escuchar una voz que decía: “Florentina... Has tardado demasiado”.

Se quedó inmóvil; la voz parecía proceder de las paredes; a su espalda comenzaron a escucharse pasos lentos, como si varias personas caminaran descalzas sobre el húmedo suelo. Al girarse, vio unas figuras pálidas al final del pasillo. Su ropa era antigua y sus rostros eran parecidos a los de los alumnos de la fotografía. “¿Quiénes sois?”, preguntó con la voz temblorosa. “¡Somos los desaparecidosssss! Nos encerraron para ocultar lo que ocurría en el centro. Había una red de túneles que llegaban desde el río y en ellos se acumulaban residuos peligrosos y se ocultaban secretos que nadie debía conocer. La noche que lo descubrimos quedamos atrapados. Desde entonces, cada noche de Halloween recorremos los túneles, intentando advertir a quienes se acercan demasiado”.

De pronto, un ¡gran estruendo! retumbó en mitad de la noche. Florentina comenzó a temblar y se vio rodeada de murciélagos que intentaban escapar.

Imagen generada con IA (Gemini)


La linterna de su móvil comenzó a parpadear, las calaveras habían desaparecido, las figuras se desvanecieron y un gélido viento recorría el pasillo.

Creyó escuchar de nuevo aquellas voces diciendo: “Sal de aquí antes de que sea demasiado tarde...”.

Florentina echó a correr, subió las escaleras, atravesó los pasillos y llegó a la entrada principal. Al salir, escuchó un último golpe en el interior.

A la mañana siguiente, Diana y María, convencidas por Florentina, inspeccionaron los sótanos y pasillos. Sin embargo, cuando llegaron adonde Florentina aseguraba haber visto la puerta metálica, había desaparecido; tampoco estaba el almacén ni las fotografías. Todo parecía normal, excepto una cosa que no encajaba: sobre el suelo del pasillo principal descansaba una calavera blanca.

Florentina la recogió con cuidado. En su interior había un papel doblado con una frase escrita en tinta negra: “Nos volveremos a ver la próxima noche de Halloween”.

Desde aquel día, algunos alumnos del CEPA Mateo Hernández aseguran que, cuando cae la noche, se oyen golpes en los pasillos y se perciben olores nauseabundos cerca de las aulas antiguas. Otros afirman haber visto sombras que desaparecen al encender la luz y calaveras que aparecen y desaparecen sin explicación. Florentina sigue investigando, porque sabe que el misterio no ha terminado.

Y que... bajo el CEPA Mateo Hernández... algo continúa despierto

Florentina

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