Eran las diez de la mañana del día de Nochebuena. La
señora Palmira estaba con un estado de nervios que no se tenía en pie, la faz
completamente ruborizada y turbada, frente a dos enormes policías que le
hablaban echándole una bronca monumental por haberles molestado sin motivos.
El caso es que Palmira, como todos los días, se levantó
muy temprano y levantó la persiana de la cocina para ver cómo amanecía el día.
Cuando llevaba más de una hora trajinando de acá para allá, limpiando muebles y
fregando el suelo, aunque todo lo tenía reluciente y no había una mota de polvo
que quitar, se percató de que en el edificio de enfrente había una persona.
Esto le extrañó sobremanera y dijo en voz alta, quizás
para asegurarse de que estaba viendo lo que veía: “¡Qué extraño! ¡El día de
Nochebuena! ¡Si todo el mundo está de vacaciones!”. Se le hacía raro que el
veinticuatro de diciembre hubiera gente en el edificio. La persona se movía
lentamente, como buscando algo, y además hablaba con alguien, aunque Palmira,
por más que lo intentó, no vio con quién.
Estuvo varios minutos observando a la sombra moverse;
en ese momento estaba amaneciendo y la visión no era muy clara. Observaba que
seguía hablando y moviéndose. Era una persona más bien alta, un poco encorvada
de espalda, y parecía que llevaba un abrigo gris o una gabardina. Esto es lo
que le dijo a la policía cuando se decidió a llamarla, y que no vio a nadie
más, aunque parecía que hablaba con alguien. Habían llegado cuarenta minutos
después de la llamada porque estaban tomando el café, según dijo uno de los
policías, un hombre ya entrado en años, con bastante barriga y más hablador que
su compañero, que era muy joven, muy serio, atlético y con el pelo muy
recortado. Me recordó a mi nieto, aunque mi nieto era más guapo y mucho más
simpático.
En la fachada del edificio pone un cartel que dice
CEPA. No es muy alto: tres plantas y dos sótanos. Los agentes debían de ir
con rayos láser y con un olfato como el de los perros esos adiestrados para
buscar personas, porque no tardaron ni tres minutos en revisar todo el
inmueble. A partir de ahí le llegó la bronca a Palmira, una señora con más de
ochenta navidades, que vivía sola y con el único entretenimiento de pasear con
alguna amiga y de ir a los talleres de Cruz Roja cuatro días por semana. “¡Señora,
para esto no nos llame, que tenemos mucho que hacer!”. Esto le dijo el más
joven, con las manos apoyadas en su cinturón por la parte delantera. La señora,
toda asustada, titubeante y con los ojos a punto de desbordársele, les pidió
perdón y trató de justificarse intentando repetir lo que había visto, pero no
la dejaron.
Estaban diciéndole: “Que no, señora, que no hay nadie,
habrá visto un fantasma”, y cuando repetía por tercera o cuarta vez “no hay
nadie”, le sonó una radio que llevaban sobre el pecho: “¿Atención, 311, me
copias?”. El tal 311 se separó un poco y trabó conversación a través del
aparato. La señora Palmira no pudo oír mucho de lo que hablaron; estaba un poco
sorda, según decía, a cuenta de los telares de la fábrica donde trabajaba. Pero
le pareció entender que se había perdido una señora o algo por el estilo; lo de
la señora, seguro, porque se lo oyó repetir al agente.
Palmira, un poco más tranquila y viendo cómo se
alejaban en un coche patrulla, dijo para sus adentros: “Váyanse rápido, no sea
que se les enfríe el café de las once”. Siempre había tenido mucho respeto y
admiración por las fuerzas del orden.
A media mañana toda la gente de Béjar estaba
alteradísima: una señora de una residencia, sin saber cómo ni cuándo, se había
perdido. Habría salido el día anterior y no había vuelto. Lo que sí sabían es
que la señora no había dormido en su habitación y no aparecía por ningún sitio
del centro geriátrico.
Para la hora de comer estaba organizado el grupo de
búsqueda. El jaleo era tremendo; habían instalado una carpa muy grande, como la
que ponen para el Tálamo en Semana Santa. Allí estaba toda la gente de
uniforme: los policías nacionales, la Guardia Civil, la Policía Municipal,
Protección Civil y varios bomberos del grupo donde yo trabajo hace varios años.
Todo el mundo salió rápidamente, cada uno a la zona que
le habían asignado: los parques, el río, el Castañar, la Fuente del Lobo… A las
ocho de la tarde, ya noche cerrada, todo el mundo se volvió a sus casas con la
esperanza puesta en el día de Navidad y deseándonos entre todos feliz
Nochebuena.
Era un día típico de invierno en Béjar, frío pero
soleado. La señora Palmira había estado con las amigas y el tema de
conversación fue la señora perdida. Una decía que si tenía hijos, otra que no
tenía, que si era viuda, que si su marido estaba con ella… Pero Palmira se fue
para casa acordándose de lo que había visto por la mañana y de que la policía
no le había hecho mucho caso. También porque habían dicho que la desaparecida
había sido directora de una escuela de Béjar.
Se apostó en su ventana con las luces apagadas. A punto
estuvo de quedarse dormida, pero al fin apareció la sombra, y continuaba
hablando con alguien.
Bajó tan rápido como pudo y se dirigió a la entrada del
edificio (hace años fue una escuela y ahora es el Centro de Educación para
Adultos). Se extrañó, pues la puerta estaba abierta. Entró en el edificio y se
encontró un papel en el suelo con la leyenda: “NO PUEDO MÁS, ESTOS CHICOS NO
APRENDEN NADA”. Inmediatamente llamó a su nieto.
Me sonó el teléfono y respondí: “Hola, abuela, no te
preocupes, no me he olvidado de ir a buscarte para cenar esta noche…”. La
abuela me cortó: “Que no, hijo, que no, que estoy en el colegio frente a casa,
la puerta está abierta y hay alguien dentro desde ayer. Ven rápido, algo le
pasa”.
Enseguida llegó el bombero, acompañado por la policía
que él había llamado. “Abuela, ¿dónde has visto a la persona?”. “En el primer
piso”, dijo Palmira. Subieron rápido: en la escalera, nadie; en la primera
sala, nadie; en la segunda, tampoco, hasta que entraron en el baño. Un cuerpo
de mujer colgaba de una tubería del techo del baño. Cuando la bajaron, aún
respiraba, y se la llevaron al hospital, donde pronto se recuperaría.
Al día siguiente fui con mi abuela a verla al hospital.
Allí estaban Eira y Bruno, mis amigos de toda la vida y nietos de la directora.
Se abrazaron a mi abuela sin dejar de llorar y dándole las gracias por lo que
había hecho: “Si no hubiera sido por usted…”, y volvían a abrazarla.
La señora seguía perdida: no sabía quién era ni dónde
estaba; ni siquiera sabía quiénes eran el chico y la chica que estaban con ella
y la llamaban abuela.
Palmira, después de celebrar la Nochebuena con su
familia, se fue para casa y durmió feliz. A la mañana siguiente se levantó
temprano, miró por la ventana y sonrió diciendo: “Yo sé que no hay fantasmas en
esta escuela”.
FIN
José Ramón

Comentarios
Publicar un comentario