Psicosis

 Psicosis

Como todos los jueves al anochecer, la mujer regresaba a su casa después de asistir a las clases del CEPA Mateo Hernández de Béjar. Rondaba los cuarenta años de edad, pero aún lucía un cuerpo juvenil con un rostro agraciado adornado por una preciosa melena color castaño y por unos inmensos ojos verdes. Era noche ya cerrada y había un cielo amenazante que auguraba próxima tormenta. A poca distancia del centro, fue sorprendida por una lluvia repentina. Esto le hizo recordar que había olvidado el paraguas en clase y tomó la decisión de regresar por él. Sus pasos acelerados no le impidieron calarse casi toda la vestimenta. Pensó que la suerte le sonreía al encontrar la puerta aún abierta y porque le pareció observar una sombra agitarse en el interior.

La tormenta arreciaba de forma despiadada. Entró y todo lo encontró muy distinto a como lo había dejado hacía apenas unos minutos. Le parecía muy amenazante y siniestro. Un rayo cegador seguido de un trueno de terror provocaron que la luz eléctrica se ausentara. Encendió el móvil para guiarse y se dio cuenta de que apenas tenía batería, tan solo un tres por ciento. Decidió apagarlo. Gritó para reclamar alguna presencia humana, recibiendo como respuesta el silencio y el misterio. Tropezó con algo. La luz instantánea del resplandor de un rayo le hizo comprobar que se trataba de una máscara terrorífica esparcida por el suelo.


Creación artística generada mediante inteligencia artificial (Gemini) a partir de una fotografía de referencia

Subió las escaleras palpando las paredes para orientarse. En el pasillo que daba entrada a las clases del primer piso, sus pies notaron un líquido derramado. Se bajó para palparlo y comprobó que estaba ligeramente caliente y viscoso. Usó la linterna de su móvil y un grito escalofriante escapó de su garganta al ver el cuerpo yacente de una persona con un cuchillo clavado en la espalda. La batería de su teléfono al final se agotó. Seguidamente oyó que abajo alguien estaba cerrando la puerta principal. Volvió a gritar con todas sus fuerzas, pero todo fue en vano. Trató de abrir las ventanas, pero estaban completamente atoradas por estar largo tiempo sin usarse. Con el intenso y breve resplandor de otro rayo, se dio cuenta de que el cadáver había desaparecido. Trabajosamente, subió al piso alto por ver si tenía más suerte y poder pedir ayuda. Reparaba en que las paredes se ablandaban al contacto de sus manos, como si la fueran a engullir. Notaba que su cuerpo estaba siendo manoseado por tentáculos invisibles. Creyó que su imaginación le jugaba la mala pasada por escuchar a alguien repitiendo su nombre. Pensaba que tal vez fueran almas desesperadas del inframundo reclamando ser liberadas. Trató de calmarse repitiéndose que todo era una terrible pesadilla. Por fin, a través de un suelo inestable por temblores irracionales, llegó hasta una ventana. Con gran dificultad la abrió y, al asomarse, sintió que una fuerza poderosa la empujaba hacia el vacío.

En la madrugada del día siguiente, un grupo de chicas se dirigían a su lugar de trabajo. Comentaban sobre la enorme tormenta de la pasada noche y del gran apagón que sufrió toda la ciudad. A la altura del CEPA Mateo Hernández, descubrieron un cuerpo que yacía sobre la acera. Al acercarse, vieron el cadáver de una mujer con unos inmensos ojos color verde, aún abiertos, inundados de terror y con un cabello tan blanco como la nieve. Una ventana del piso alto estaba abierta de par en par.


Antonio H.

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