Son las ocho de la noche de este martes de noviembre. Hay una gran tormenta y la lluvia golpea los cristales del viejo edificio del centro de personas adultas de Béjar.
El pasillo principal, flanqueado por paredes verdes de yeso antiguo y tablones de anuncios llenos de carteles que anuncian todas las actividades, está sumido en una quietud sepulcral tras la marcha de los últimos grupos.
María se había quedado en el aula del fondo revisando unos ejercicios de historia. El silencio solo se rompía por el zumbido irregular del fluorescente parpadeante sobre su cabeza. De pronto, un golpe seco resonó en la planta superior, un área del edificio que supuestamente estaba clausurada por obras y donde nadie debía acceder a estas horas.
—¿Hay alguien arriba? —preguntó María alzando la voz, pero su eco chocó contra la oscuridad de la escalera de madera.
Un crujido rítmico comenzó a descender los peldaños. No eran pisadas firmes, sino el arrastrar pesado de algo metálico o de un calzado desvencijado sobre el suelo rugoso, muy similar a las viejas leyendas bejaranas de aparecidos. La temperatura en el pasillo descendió de golpe y el vaho de su respiración se hizo visible.
Cuando María se asomó a la puerta del aula, la bombilla del pasillo estalló en mil pedazos y lo sumió en una penumbra total, solo iluminada por el parpadeo verde de la salida de emergencia. Al fondo del pasillo, frente a la puerta del despacho de dirección, una silueta encorvada permanecía inmóvil, mirando fijamente hacia ella desde la oscuridad. No se oía respiración, solo un suspiro hueco y lejano que parecía filtrarse desde las mismísimas paredes del viejo caserón.
Sin pensarlo dos veces, María corrió hacia la puerta de la calle y empujó la barra antipánico con el corazón desbocado. Al salir a la fría noche bejarana, respiró aliviada y miró hacia la ventana del segundo piso del centro: la silueta seguía allí, pegada al cristal, observando cómo la niebla se tragaba sus pasos.
Caty

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