En el CEPA Mateo Hernández de Béjar se imparten clases desde hace más de 50 años. Los alumnos son muy diversos: desde padres, madres y jóvenes que no consiguieron sacar sus estudios, hasta jubilados ociosos con ganas de aprender. Sin olvidar a los inmigrantes que necesitan conocer bien el castellano o sacar una titulación con la que poder mejorar su situación.
El
edificio consta de dos plantas y sótano; este permanece cerrado por
contaminación por metales.
Marcos,
un joven inquieto de 16 años, ávido de aprender, cursaba sus estudios de la
ESO. El año anterior en el colegio lo pasó sabático; su padre le aconsejó que
no cometiera ese error. Lo había comprendido y quería enmendarse.
Siempre
buscaba historias donde ser el protagonista. Esta vez se le había ocurrido una
del colegio; la pondría en marcha la noche siguiente.
A las
11:30 de la noche señalada, cogió una mochila, una linterna, un cuchillo y un
martillo.
Bajó la
rampa que unía con el patio trasero del colegio, donde una ventana del sótano
permanecía abierta (por la contaminación). Puso el pie en el alféizar, la
madera crujió en el silencio de la noche, se paralizó, escuchó… ¡No había
nadie! Él no tenía miedo, quería descubrir qué producía la contaminación.
¿Habría un tesoro?
Al
entrar, vio las paredes cubiertas de manchas y extraños símbolos grabados en el
cemento.
Entonces
escuchó un golpe, un sonido apagado que venía de detrás de la pared. Acercó la
mano y notó que estaba hueca. Sin pensarlo demasiado, levantó el martillo y
golpeó el cemento: una, dos, y a la tercera el muro se abrió con un crujido.
El
polvo se le metió por la nariz y le hizo toser, mientras con la linterna
iluminaba el hueco oscuro. Marcos retrocedió al ver un fantasma con traje de
colegio que salía por el agujero. De su boca entreabierta caía un líquido
oscuro, mientras sus ojos, blancos por completo, parecían mirar directamente a
su alma.
—¿Qué
quieres de mí? —dijo Marcos temblando. Cogió el cuchillo para amenazar al
fantasma, quien ladeó la cabeza y dejó escapar una gran carcajada que retumbó
por todo el colegio. Marcos se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta;
el cuchillo se le cayó. El fantasma lo cogió y de un golpe seco le cercenó una
pierna. La sangre salpicó las paredes, su ropa; no paraba, la sangre corría
como un río entre las baldosas.
—¡Socorro,
que alguien me ayude! —gritaba Marcos inútilmente.
Entonces
ocurrió algo más aterrador: por el agujero que había abierto comenzaron a salir
manos pálidas. Una tras otra, decenas de dedos se aferraban a los bordes del
cemento. Figuras deformes con los ojos vacíos. Marcos reunió las pocas fuerzas
que le quedaban y se arrastró hasta la puerta. Si conseguía alcanzarla, quizá
podría escapar. Sacó el martillo y rompió la puerta, saltó fuera y se dio tal
golpe en la cabeza que perdió el conocimiento.
A las 9
de la mañana, María, la directora, y Jorge, un profesor, abrían las puertas del
colegio. Cuando accedieron dentro, un olor sospechoso les invadió. Se miraron
extrañados y se acercaron a las escaleras para ver de qué piso venía el olor.
Vieron la puerta del sótano abierta y bajaron corriendo las escaleras,
encontrándose a Marcos desmayado. Al moverlo, Marcos despertó aterrorizado.
María le preguntó qué había pasado y él, con voz temblorosa, se lo contó.
María y
Jorge se miraron sorprendidos, pues le veían bien y la sala del sótano estaba
intacta. Entonces cayeron en la cuenta: cuando les cerraron esta sala, les
advirtieron de que la contaminación por metales producía alucinaciones y de que
dejaran la ventana abierta.
Marcos
no podía creerlo, había sido todo tan real… Pero se encontraba bien, y respiró
aliviado.
FIN

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