El centro EPA está patas arriba

 El otro día, cuando me encaminaba al centro de adultos para asistir a clase, me sorprendió un viento extremadamente fuerte. De lejos vi cómo este se transformó en un enorme tornado que, al pasar por el edificio del centro de EPA, lo arrancó y lo levantó por los aires como si de una pluma se tratara.

Imagen generada con IA (Gemini)

Yo, en ese momento, me quedé paralizado al ver tal desastre. Al poco tiempo el tornado perdió fuerza y el edificio cayó al suelo, pero con el tejado para abajo y los cimientos para arriba, y pensé: «Ha quedado el edificio patas arriba».

Me acordé en ese instante de lo que me decían mis padres cuando era pequeño y dejaba mi habitación desordenada: «Está la habitación patas arriba», decían.

El edificio quedó bastante destrozado, pero cuál fue mi sorpresa cuando empezaron a caer por las ventanas libros, estanterías, mesas, sillas, pupitres, ordenadores, pantallas, etc.

Pero lo peor fue un escape de combustible de la calefacción, que se derramó por la zona con el peligro de un posible incendio. Los cables del tendido eléctrico, al arrancarse, estaban chisporroteando, y al contacto con el combustible surgió una tremenda explosión y una llamarada apabullante.

Yo quedé petrificado y no sabía cómo reaccionar al ver esta situación, en la que se escuchaban gritos de alumnos y profesores que venían del interior del edificio, el cual estaba inmerso en una bola de fuego. Vi cómo algunos se tiraban por las ventanas.

Los vecinos de los demás edificios chillaban al ver tal desastre; les pasaba lo mismo: no sabían a quién avisar, si a los bomberos, a la policía… Como en todo, también había quien lo grababa con el móvil para inmortalizar el acontecimiento.

Inmerso en esta tragedia, escuché una alarma que, aunque conocida, me sorprendió: era el despertador, que me recordaba la hora de levantarme para ir a clase. Me levanté sudoroso y entre gritos, sin saber qué había pasado.

Lo primero que hice al levantarme fue frotarme una y otra vez los ojos y asomarme a la ventana para ver el edificio del centro de EPA. Y respiré, respiré y respiré al ver que estaba bien, en su sitio, y que no había pasado nada: solo había sido una tremenda pesadilla.

Juan

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