EL CEBO DE LAS PÁGINAS EN BLANCO

 El reloj de acceso al CEPA Mateo Hernández marca las ocho pasadas. La lluvia de octubre golpea los cristales con una fuerza metálica y violenta. Mientras los pasos en el pasillo se extinguen uno a uno, me desvío hacia el fondo buscando la calma de la biblioteca.

Es una sala dominada por el olor al papel rancio y el murmullo de un tubo fluorescente que parpadea. Al fondo, el bibliotecario permanece inmóvil; no levanta la cabeza de su libro.

Pronto me doy cuenta de que no estoy sola. En los pupitres se sientan otros alumnos. Nadie habla. Cada uno arrastra una carga demasiado pesada.

A dos mesas de mí está Elena, una mujer de unos cuarenta años que intenta sacarse el graduado tras décadas de silencio. A su lado flota una sombra enjuta y omnipresente: el espectro de su expareja, un murmullo helado que le repite al oído que no vale para nada, destruyendo su concentración mientras ella lucha por no llorar.

Unos metros más allá se sienta Javi, el chico que dejó la ESO a los quince. Sobre sus hombros descansa la figura etérea y gris de su padre fallecido: un fantasma enfundado en un mono de taller que suspira decepción cada vez que Javi equivoca un ejercicio.

En la mesa más oscura está Carmen, una anciana que acude solo para combatir el desamparo. A su alrededor no hay un único fantasma, sino una multitud de siluetas borrosas y silenciosas: los recuerdos de todos los familiares a los que ya ha enterrado. Flotan tan cerca de ella que la miran con una lástima infinita, manteniéndola encorvada sobre sus folios en blanco.

De repente, la temperatura cae a niveles insoportables y el aliento se nos convierte en una humareda blanca y densa. Comprendo entonces la oscura verdad: al caer la noche, apagar las luces y cerrar las puertas, el CEPA Mateo Hernández cobra vida.

Un chasquido seco retumba en las baldas. Los libros empiezan a abrirse solos y de entre sus páginas emergen las mentes quebradas de la literatura: el conde Drácula se arrastra pegado a la pared esquivando la mirada de todos con un terror animal, mordiéndose las uñas hasta sangrar; don Quijote avanza encorvado, con los ojos desorbitados en un ataque de paranoia incontrolable, mascullando incoherencias; Madame Bovary se desploma en el suelo mientras se clava las uñas en los brazos.

Los fantasmas de los alumnos y los espectros de los libros empiezan a fusionarse. Las voces del pasado de Elena se mezclan con los delirios de don Quijote; la decepción del padre de Javi infecta a la criatura de Frankenstein; los recuerdos muertos de Carmen atraen a las sombras de los tomos olvidados. Son mentes atrapadas en un bucle eterno de trauma y aislamiento. Sentir ese colapso psicológico colectivo a escasos metros me provoca un mareo asfixiante.

Imagen generada con IA (Gemini)

Intento levantarme y huir, pero mis piernas no responden. Estoy paralizada.

Unas pisadas lentas se detienen junto a mí. El bibliotecario me murmura al oído con una voz glacial:

—Todos vienen buscando un refugio frente a lo que dejaron atrás: Elena de su pasado, Javi de sus culpas, Carmen de su soledad... y los personajes de sus propias tramas. Pero cometen un error. Creen que los fantasmas los persiguen.

El bibliotecario esboza una sonrisa grotesca.

—Ellos no son las víctimas. Son el cebo.

Un escalofrío atroz me recorre la columna. Miro a Elena, a Javi y a Carmen. Sus rostros ya no muestran terror, sino una calma vacía, autómata. De pronto comprendo la retorcida realidad: todo es una representación orquestada para debilitar mi cordura, ablandar mi voluntad y preparar mi mente antes de engullirme.

—Esta biblioteca es una trampa que solo puede alimentarse de una mente real a la vez —susurra ese ser que está a mi lado—. Y mi trabajo consiste en mantener la cadena. Tu mente acaba de ser procesada... lo que significa que el libro ha abierto oficialmente el periodo de caza para la siguiente.

La piel se me vuelve translúcida, aplanándose hasta transformarse en una hoja de papel en blanco donde empiezan a imprimirse, letra a letra, estas pavorosas palabras: «Has dejado de ser una persona. Ahora solo eres el cuerpo gastado del relato. La trampa acaba de armarse de nuevo».

Y tú... sí, tú, que estás leyendo esto en este preciso instante... ya no tienes manera de escapar.

Eres la próxima víctima.

Inés

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