La tarde se deslizaba lentamente tras los cristales de la ventana. Al otro lado de la ventana, Clara sentía que la calle parecía pertenecer a un mundo diferente. Sintió esa melancolía que solo trae el otoño, con mezclas de serenidad y recuerdos que regresan sin llamar a la puerta. Frente a su casa vio cómo salían de clase los alumnos del Instituto Mateo Hernández. Las luces del edificio se iban apagando: primero las del tercer piso, luego las del segundo y finalmente las de la entrada. Justo en ese instante recordó la historia que le contó su madre años atrás. ¿Sería verdad lo que allí ocurrió?
«La
historia comenzaba con una norma que nadie sabía explicar: estaba prohibido
entrar en el sótano del Instituto después de las nueve».
Los
profesores decían que el suelo estaba en mal estado. El director aseguraba que
había riesgo de derrumbe. Sin embargo, los alumnos conocían el verdadero
motivo, aunque ninguno se atrevía a hablar de él.
El
árbol.
Nadie
recordaba cuándo había aparecido. Una mañana, los obreros que reformaban el
edificio encontraron una pequeña grieta en el suelo del vestíbulo. De ella
sobresalía un brote negro, delgado como un dedo. Intentaron arrancarlo, pero al
tirar descubrieron que las raíces se hundían en el hormigón como si fuera
tierra blanda. Lo dejaron estar.
En
pocos meses, el árbol alcanzó el techo. Su tronco era oscuro y retorcido, y sus
ramas se extendían por los pasillos, aunque nadie las veía crecer. Lo más
extraño eran sus hojas: tenían forma de manos humanas y temblaban incluso
cuando no había aire.
Los
alumnos comenzaron a escuchar susurros junto al tronco. Algunas veces
pronunciaban sus nombres. Otras repetían secretos jamás contados por nadie.
Una
noche de octubre, María, una alumna de cincuenta y ocho años que estudiaba para
terminar el graduado escolar, se quedó en el aula haciendo unos ejercicios.
Cuando salió, el Instituto estaba vacío. O eso creía. Al pasar junto al árbol,
oyó la voz de su hermana, fallecida hacía 12 años.
—María, hermanita… ven. Tengo frío.
Se
quedó paralizada. La voz parecía salir del interior del tronco.
—Hermanita…
—susurró.
Una
rama descendió lentamente hasta rozarle el pelo. De ella colgaba una hoja
amarillenta. María la tomó y descubrió una fecha escrita: la del día siguiente.
Debajo, una frase: «Mañana morirás. Pero puedes elegir quién ocupará tu lugar».
María
soltó la hoja y corrió hacia la salida. Las puertas estaban cerradas, los
pequeños pasillos parecían largos y las ramas habían comenzado a deslizarse por
las paredes, como dedos buscando algo que agarrar.
Entonces
escuchó pasos detrás de ella. Era Julián, un profesor que llevaba muchos años
en el Centro.
—No
debiste escucharlo —dijo sin mirarla.
El
profesor palideció.
—Hace
cuarenta años, un alumno desapareció sin dejar rastro. Su padre, desesperado,
enterró en el patio algo que no debía. Cuando construyeron este Instituto, el
árbol ya estaba allí, bajo los cimientos.
—¿Y qué
quiere?
Julián
volvió los ojos hacia las ramas.
—Al
principio solo quería agua. Después, sangre. Ahora quiere recuerdos. Se
alimenta de las personas que vienen aquí para empezar una vida, de quienes
creen que todavía tienen tiempo para cambiar su destino.
Un
crujido estremeció las entrañas del edificio.
El
tronco se abrió lentamente, casi sin hacer ruido. En su interior apareció un
rostro infantil, pálido y cubierto de raíces. Sus labios se movieron levemente:
—Papá…
Julián
cayó de rodillas.
Las
raíces brotaban del suelo y se enroscaban alrededor de sus piernas. Julián no
gritó. Sonreía mientras el árbol lo absorbía poco a poco, hasta que solo
quedaron sus diminutas gafas sobre las baldosas.
María
consiguió salir cuando las puertas del Instituto se abrieron de golpe.
A la
mañana siguiente, el director encontró una nueva rama creciendo en la entrada.
De ella pendía una hoja con un nombre escrito: «MARÍA».
Ordenaron
talar el árbol. Pero cuando los trabajadores llegaron con las sierras,
descubrieron algo imposible: el tronco estaba seco, hueco y muerto.
El
director respiró aliviado. Hasta que uno de los alumnos gritó desde el aula
número seis. En su pupitre había aparecido una pequeña raíz negra que
atravesaba la madera. Y debajo, con letras diminutas, una frase:
«Gracias
por traerme. Ahora sé dónde viven todos y dónde guardan sus sueños».

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