RELATO ENCADENADO ESPA

 Recuerdo la primera vez que escuché el nombre del Cerilla.

«Adolfo de la Cruz, apodado “El Cerilla”, es declarado culpable del asesinato de sus cuatro familiares. El asesino, de origen salmantino, ató y quemó vivas a sus víctimas en su domicilio el pasado jueves». Nuria Espinosa, Las Últimas Horas, 1998.

En ese entonces yo tenía doce años y vivía en ese mismo pueblo, pero hasta la mañana del viernes no vi la noticia en el periódico de mi padre. Adolfo era el padre de mi amigo Miguelín y todas las mañanas su padre nos llevaba al colegio, eso claro, hasta aquel trágico día. La noticia llegó a oídos de varios medios informativos y no paraban de llegar periodistas y reporteros en busca de información, pero pasada una semana nadie volvió a aparecer. A los treinta decidí independizarme de mis padres, pero al vivir en un pueblo tan pequeño la única casa libre fue la vieja casa del Cerilla. Tras las reformas, la casa quedó como nueva, pero me sentía culpable de vivir ahí. Pasados los años, mis preocupaciones se marcharon, hasta el día de hoy.

«Adolfo de la Cruz, más conocido como “El Cerilla”, escapa de la prisión San Doroteo hoy jueves, a las cinco de la mañana». Alonso Santos, La prensa en blanco, 2023.

Al leerlo me quedé helado y salí a la plaza del pueblo para tranquilizarme, pasé el día con mis padres y me fui después de la cena, pero cuando iba de camino a mi casa pude ver un hombre alto y espeluznante postrado en la puerta de mi casa, sin moverse y con la respiración agitada.

 Manuel Granados

 

Era Adolfo de la Cruz, estaba de vuelta en su casa. «¿Qué haría allí si acababa de escapar y sería uno de los primeros sitios donde lo buscarían?», pensé.

No fui esa noche a mi casa, el miedo de ver al Cerilla me paralizó y, cuando fui capaz de volver en sí, me fui a casa de mis padres. A ellos les conté lo que había sucedido. Quisieron llamar a la policía, pero no sé por qué no los dejé, igual tenía miedo de que ese hombre me hubiese visto y viniese a por mí. Quería que se fuese de esa casa cuanto antes para poder sacar mis cosas de ese lugar y nunca más volver allí.

Me fui a dormir, mis padres también lo hicieron y a la mañana siguiente vi en las noticias que el Cerilla había conseguido huir de la ciudad, así pues, aproveché para ir a recoger las cosas de la casa, pero mi sorpresa cuando llegué fue aterradora: en el sillón encontré a Adolfo sentado.  Era falsa la noticia de que había salido, no me lo podía creer, no fui capaz de articular palabra hasta que me dijo:

– Esta es mi casa y voy a vivir aquí contigo, no puedo salir para no ser descubierto.

Entre balbuceos, logré decir: – Pero…

Él me silenció, y me continuó diciendo:

– Tú harás todo lo que yo te mande, si no lo haces o me delatas, tu familia acabará como la mía, entre llamas.

Muerto de miedo, asentí con la cabeza, al mismo tiempo que me quería ir de allí y pensar que todo era una pesadilla. Pensé en qué momento había pensado en no llamar a lo policía cuando lo vi. La noche cayó, no podía dormir y, cuando amaneció, salí dirección de la comisaría.

Una vez allí, lo delaté, pero algo sucedió; el policía que había formulado la denuncia me pasó el teléfono y me quedé atónito al escuchar esa voz, la voz de Adolfo Cruz.

 

Jennifer de La Mata


Quedé muy sorprendido y asustado, el policía estaba compinchado con Adolfo. «¿Ahora qué voy a hacer?», pensé.

Tenía mucho miedo, pero volví a mi casa, donde estaba él en el salón. Al entrar, me dijo:

– ¿Tú quieres terminar como tu familia, verdad...?

– No – le respondí - No lo volveré a hacer. De ahora en adelante haré lo que tú me digas.

Fui a la cocina a por un vaso de agua para poder estar solo y pensar. «¿Ahora qué voy a hacer? No puedo acudir a la policía, no puedo decirles a mis padres por qué corren peligro».

Intenté con los días ganarme su confianza. Un día, salí a hacer la compra, me armé de coraje y hui del pueblo dejando todo atrás, incluido a Adolfo en mi casa, que fue la suya. Entendí que solo quería estar allí.

Un buen día regresé al pueblo y decidí ir a mi casa. Al entrar me llevé una sorpresa: Adolfo estaba muerto en el sillón con un cuadro entre sus manos de su familia y una carta que me había escrito:

«Te pido perdón, no quería irrumpir en tu casa. Yo solo quería pasar mis últimos días en el lugar donde murió mi familia».

Quedé muy conmovido por su carta y mis lágrimas saltaron, solo dije: «Yo te perdono. Descansa en paz junto a tu familia».

 Rosmary Álvarez

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